



En medio del verde profundo de Mascota, Jalisco, hay un lugar donde el tiempo transcurre sin prisa: La Jolla, una hacienda con más de 300 años de historia que resguarda muros de adobe, jardines comestibles y una vista que se funde con la sierra. Más allá de su belleza, aquí ocurre algo inusual: se destila un whisky mexicano que no se encuentra en tiendas, ni se promueve como producto masivo. Es un secreto líquido que se vive in situ.
Lo que distingue al whisky de La Jolla no es solamente su sabor suave, profundo y especiado, sino su historia. Detrás de cada gota hay maíz criollo orgánico sembrado en sus propios terrenos, agua de manantial que baja de la montaña y una destiladora construida por el propio creador del proyecto: Charly, un apasionado de los procesos naturales y el trabajo artesanal.
Charly es un personaje que parece sacado de una novela. Llegó a Mascota desde San Francisco, California, con raíces italianas y una mente curiosa marcada por la ciencia. Piloto aviador de profesión y maestro destilador por pasión, Charly perfeccionó su arte haciendo whisky en Estados Unidos, pero encontró en los campos de Jalisco el lugar perfecto para reinventar su relación con el proceso. Junto con Mayra, originaria de la región de Yerbabuena y Puerto Vallarta, son los artífices de emprender nuevos proyectos con productos que nacen del campo jalisciense.
El método de Charly nace del conocimiento heredado por su mamá para la elaboración de vino, además del ensayo y error de observar la fermentación natural del maíz criollo y respetar los tiempos que dicta la montaña, el clima cambiante, la humedad. Cada lote es diferente, por eso es que el sabor de este whisky cuenta la historia particular de cada momento.
Todo comienza en los propios campos de La Jolla, donde se cultiva maíz criollo orgánico, la base esencial de este whisky tipo bourbon. Una vez cosechado, el grano se muele y se cocina lentamente con agua pura de manantial, iniciando así la transformación del almidón en azúcares fermentables. Luego, la mezcla se deja fermentar de manera natural, sin químicos ni levaduras industriales, permitiendo que los microorganismos hagan su trabajo con calma.
Ya fermentado, el líquido se pasa a la destiladora donde se separan cuidadosamente los alcoholes.
La destilación se hace por lotes pequeños, controlando temperatura y tiempo a ojo, por experiencia.
Finalmente, el whisky se mantiene en envases de vidrio, donde reposa por varios meses, respirando el aire de la sierra y absorbiendo sus matices. Charly produce a la semana un aproximado de 300 litros. Este destilado es entonces, una ofrenda del campo del fuego y del tiempo, servido solo en el lugar que lo vio nacer.
El resultado es un whisky tipo bourbon con alma mexicana: robusto, ligeramente dulce, con notas de tierra, madera tostada. Pero más allá del sabor, es el proceso lo que lo hace imperdible.
Visitar La Jolla es conocer a Mayra y recorrer con ella los huertos de donde salen las hierbas, los vegetales y los ingredientes que terminan en tu plato, cocinados al momento, con técnicas tradicionales y sin prisa.
Es sentarte bajo la sombra de un árbol, mientras el aroma del maíz tostado viaja con el viento.
Aquí, el lujo está en la sencillez auténtica: comida orgánica, hospitalidad sincera, vistas que detienen el tiempo y conversaciones profundas con los anfitriones que viven y trabajan en el lugar.
La Jolla se encuentra en Mascota, uno de los Pueblos Mágicos de Jalisco, rodeado de bosques, niebla matutina, ríos y calles empedradas. Es el punto ideal para viajeros que buscan alejarse del turismo tradicional y reconectar con lo esencial: la tierra, el origen de los sabores, la historia que no está en los museos sino en las manos de quienes habitan el campo.
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Actualmente, La Jolla no funciona como un lugar abierto al público general, sino que recibe a visitantes bajo reservación para ofrecer experiencias personalizadas: catas privadas, comida de temporada, recorridos al huerto y charlas con el creador del whisky. Contacta a Panzer, de la agencia Más Mascota, para un viaje seguro y divertido.
La Jolla se descubre de boca en boca, como los secretos bien guardados. Su whisky no aparece en vitrinas, pero deja huella. Su cocina no se luce en portadas, pero alimenta con verdad. Y sus anfitriones no buscan vender una experiencia, sino compartir un modo de vida.
En tiempos donde todo se vuelve producto, La Jolla es un recordatorio de que el lujo verdadero está en lo artesanal, en lo honesto y en lo que se hace desde el corazón. Así es este lugar, así son ellos. ¡Conócelos!